domingo, 1 de febrero de 2015

¿HOMBRES O DIOSES?

¿HOMBRES O DIOSES?


Viendo la pleitesía que se rinde a los gobernantes de este tiempo en nuestro país, en cualquiera de sus tres niveles (municipio, estado o país), me he puesto a pensar cuán diferente fue la actitud de los apóstoles, siervos de Jesucristo, del primer siglo y la del mismo Señor Jesucristo con la de quienes están  hoy en puestos de eminencia dentro de la administración pública.

"Háganse a un lado porque por aquí va a pasar el 'ciudadano'", dicen los guaruras de los ediles, gobernadores, o los miembros del estado mayor presidencial al pueblo en general. ¿Que no todos somos ciudadanos en este país, o solamente los que nos presiden en los puestos de poder? Los lambiscones que los rodean casi se ponen de tapete para que ellos pasen, y las multitudes se toman fotos, "selfies", con los candidatos o con los ya elegidos como alcaldes, gobernadores o presidentes de la nación, alimentando más así la personalidad megalómana del sujeto en cuestión.

Quizá al principio algunos de ellos sí comenzaron con un verdadero deseo de servir al pueblo, pero es tal la descomposición al interior de los partidos políticos que en su camino hacia el poder, al ir escalando puestos en su loca carrera, empiezan a perder piso y creerse que son más que simples mortales. Otros, traen esta actitud megalómana, desde su mismo nicho familiar, ya que son "políticos de apellido”, como si esto fuera genético, y se creen "dioses" dignos de adoración, admiración y pleitesías desde su infancia y/o juventud. Baste ver lo que escriben en las redes sociales y los calificativos que los hijos de políticos de los diferentes niveles confieren a los demás ciudadanos que no vivimos en Los Pinos, la "Casa Blanca", o las casas de gobierno estatales. Por eso digo que algunos  "maman" esto en sus mismos hogares. Han visto cómo sus padres, tíos o abuelos fueron idolatrados por la masa de lambiscones[i], y anhelan "servir" a su pueblo a través de seguir el ejemplo de sus progenitores o familiares ascendentes.

La megalomanía es una condición psicopatológica caracterizada por fantasías delirantes de poder, relevancia, omnipotencia y por una inflada autoestima. Históricamente fue usada como un nombre para un desorden de la personalidad narcisista antes del primer uso de este último por Heinz Kohut en 1968, y es usado hoy como el equivalente no clínico.[1] [2 La palabra megalomanía deriva del griego μεγαλο- megalo- "grande", y μανία-mania- "locura, frenesí". (Wikipedia).

Pero esto no es nuevo, ni privativo de los políticos y gobernantes mexicanos. Es propio de la naturaleza humana. Veamos algunos pasajes de la Biblia que pienso que podrían ayudar para entender y analizar esta lacra que nos aqueja como sociedad, ya que tenemos que aguantar los aires de grandeza de estos "servidores públicos" puestos, si los comicios electorales fueron justos y legales, por el voto popular para que ellos sirvan al pueblo, no para servirse del pueblo. Los gobernantes de este tiempo deberían recordar o leer por primera vez lo que Jesucristo dijo respecto a los gobernantes terrenales:

Después de escuchar esto, Pilato se asustó más. Entró de nuevo al palacio y le dijo a Jesús: — ¿De dónde eres? Pero Jesús no le respondió. Entonces Pilato le dijo: — ¿No vas a hablarme? ¿Acaso no sabes que yo tengo la autoridad para dejarte libre o para matarte en una cruz? Jesús le contestó: —No tienes ninguna autoridad sobre mí a menos que te la haya dado Dios. Por esto, el hombre que me entregó a ti es más culpable que tú. (Juan 19:8-11 PDT).

Toda autoridad humana, según palabras de Jesucristo, no es inherente, sino delegada por Dios, el gobernador del universo, y a Él deberán rendir cuentas de su gobierno.

Veamos un acontecimiento registrado en Hechos de los Apóstoles durante el primer siglo:
Herodes ordenó buscar a Pedro por todas partes, pero no lo encontró. Interrogó a los guardias y luego ordenó que los mataran. Después, Herodes salió de Judea a la ciudad de Cesarea y permaneció allí por algún tiempo. Estaba muy enojado con los habitantes de Tiro y Sidón. Ellos acordaron ir a hablar con Herodes y sobornaron a Blasto, el funcionario principal del rey. Trataban de hacer las paces porque su territorio era abastecido por el del rey. Un día acordado, Herodes decidió reunirse con ellos. Se puso su vestido real, se sentó en su trono y dio un discurso al pueblo. El pueblo gritaba: «¡El que habla es un dios, no un ser humano!» Herodes no dio honra a Dios. Por eso un ángel del Señor de inmediato hizo que se enfermara y murió devorado por los gusanos. (Hechos 12:19-23 PDT).
En estos versículos vemos varios elementos similares a nuestra escena política: un gobernante,  vestiduras elegantes, el pueblo, un discurso, un acto de soborno, un acto de idolatría y una calificación megalómana del pueblo aceptada por el gobernante. Sólo vemos una gran diferencia con lo que pasa hoy: no hay un juicio inmediato de Dios para quien usurpa su lugar esperando y recibiendo adoración que sólo Él merece. Con toda seguridad es porque YHWH, es lento para la ira y grande en misericordia, porque es paciente para con todos y quiere y espera que todos procedan al arrepentimiento. Pero un día, el que está en los cielos se reirá de quienes están en la tierra. El salmista dice:

¿Por qué se rebelan las naciones? ¿Por qué los pueblos hacen planes inútiles? Los reyes y gobernantes se han unido en contra del SEÑOR y del rey que Él eligió. Y dicen: «¡Cortemos las ligaduras que nos imponen y liberémonos de sus ataduras!» Pero el que está en el cielo se ríe; el Señor se burlará de ellos. Luego, les habla enojado y en su furor los aterroriza, diciéndoles: «Yo he consagrado a mi rey en Sion, mi monte santo». (Salmo 2:1-6 PDT).

De la historia de Nabucodonosor, rey de Babilonia, en el libro antiguo-testamentario de Daniel, podemos aprender que la arrogancia y megalomanía de los gobernantes pueden colmar al verdadero rey y gobernante del universo, y hacer que Él actúe desde los cielos:

El rey no había terminado de hablar, cuando se oyó una voz desde el cielo diciendo: «¡Escucha lo que te va a suceder rey Nabucodonosor! Ya no tienes ningún poder sobre tu reino. Te apartarán de los hombres. Vivirás con los animales, comerás pasto como el ganado y te mojarás con el rocío. Vivirás así durante siete años, hasta que te des cuenta de que el Dios altísimo es el único que gobierna los reinos de los hombres. Sólo Dios decide quién los gobierna». Apenas terminó este mensaje, se cumplió todo lo que decía. Nabucodonosor fue alejado de la gente y empezó a comer pasto como el ganado. Su cuerpo se empapó con el rocío. Le creció el pelo hasta que parecía que tuviera plumas de águila, y las uñas le crecieron tanto que parecían las garras de un ave. Cuando pasaron los siete años, yo, Nabucodonosor, miré hacia el cielo y recobré la razón. Alabé al Dios altísimo y bendije al que vive por siempre: Él es quien gobierna eternamente y su reino seguirá de generación en generación. Los habitantes de la tierra son insignificantes si se les compara con él. Hace siempre su voluntad, tanto entre los habitantes del cielo, como entre la gente de la tierra. Nadie puede estar en contra de su poder, ni preguntar por qué hace lo que hace. En ese momento, Dios me sanó de mi locura. Me devolvió mi reino y mi honor; mi cuerpo volvió a ser normal; mis consejeros y los miembros de la corte volvieron a confiar en mí. Volví a ser el rey y me volví más rico y poderoso que antes. Por eso, yo, Nabucodonosor, alabo, bendigo y doy gloria al Rey del cielo. Sus obras son justas y sus caminos rectos. Él es capaz de humillar a los arrogantes. (Daniel 4:31-37).

Continuando en Hechos de los Apóstoles, hallamos esta historia:

En Listra había un hombre que nunca había podido caminar porque era inválido de nacimiento. Este hombre estaba sentado escuchando y Pablo lo miró fijamente dándose cuenta de que el hombre tenía fe en que Dios lo podía sanar. Entonces Pablo le dijo con voz fuerte: —¡Levántate y ponte de pie! El hombre saltó y empezó a caminar. La gente se dio cuenta de lo que Pablo había hecho. Entonces empezaron a gritar en su propio idioma licaónico: — ¡Los dioses han bajado en forma de seres humanos! A Bernabé lo llamaban Zeus y a Pablo lo llamaban Hermes, porque era el que tomaba la palabra. El templo de Zeus estaba cerca de la ciudad. El sacerdote de ese templo trajo algunos toros y flores a las puertas de la ciudad, pues él y la gente querían ofrecer sacrificios en honor a Pablo y Bernabé. Al ver esto, los apóstoles rasgaron sus vestidos, corrieron hacia la multitud y les gritaron: —Señores, ¿qué es lo que están haciendo? ¡Somos seres humanos como cualquiera de ustedes! Estamos aquí para anunciarles la buena noticia de salvación, para que se alejen de lo que no vale la pena y se acerquen al Dios viviente. Él creó el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En el pasado, Dios dejó que las naciones hicieran todo lo que quisieran. Sin embargo, no significa que no estuviera presente. Dios dio prueba de ello cuidándolos y dándoles lluvias y cosechas a su debido tiempo para que tuvieran alimento suficiente y estuvieran contentos. Pablo y Bernabé les dijeron todo esto, pero aun así apenas pudieron impedir que la gente les ofreciera sacrificios. Entonces unos judíos vinieron de Antioquía e Iconio y convencieron a la gente para que se pusiera en contra de Pablo. Ellos lo apedrearon, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron allí creyéndolo muerto. (Hechos 14:8-19).

¡Qué diferencia del Apóstol Pablo y de Bernabé con la de los gobernantes y políticos de hoy! No aceptaron que los calificaran y reconocieran como "dioses" del panteón griego. No aceptaron sacrificios u ofrendas florales de parte de la multitud y del sacerdote pagano de Listra. "Somos seres humanos" al igual que ustedes, dijeron ellos a sus frustrados "adoradores". Somos portadores de buenas nuevas de parte del Dios vivo y verdadero, creador de todo lo que existe. La multitud cambió de parecer cuando unos judíos venidos de Antioquía e Iconio los convencieron para ponerse en contra de quienes momentos atrás ellos mismos consideraban "dioses en forma humana". ¿Qué ganaron u obtuvieron los apóstoles al no dejar que la multitud los adorara? ¿Reconocimiento por su humildad? No. Pablo fue apedreado, arrastrado fuera de la ciudad y considerado muerto por sus "casi adoradores". De Bernabé no se dice nada al respecto.

Juan el bautista dijo de sí mismo al ser interrogado por los líderes religiosos de su tiempo acerca de quién era él, "Yo no soy el Cristo", "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor". "Este es [hablando de Jesús] el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado". "Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de Él. Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe".

Un camino diferente al de Juan el bautista es el que han adoptado los políticos y los gobernantes terrenales, con sus honrosas excepciones, como el presidente Mujica de Uruguay y otros que seguramente los hay. La mayoría de los políticos y gobernantes quiere crecer mientras hace menguar a los ciudadanos de su país o a sus adversarios en la arena política.

Nuestro pueblo necesita hombres que no crean la mentira satánica dicha en el mismo Jardín del Edén, “el día en que comiereis de él (fruto prohibido), se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal,” porque nunca ningún ser humano será Dios. Somos creación suya, hechura de sus manos,  hechos a su imagen y semejanza. No podemos ser dioses, pero sí ser más humanos de lo que somos. Juan en su evangelio relata lo siguiente: Jesús entonces salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo*: ¡He aquí el Hombre! (Juan 19:5). Jesús, siendo Dios, se hizo hombre y llegó a ser el paradigma por excelencia para todo ser humano.

A los siervos de Dios el Apóstol Pablo nos recuerda “no dejarnos amoldar por este mundo, sino  dejarnos transformar mediante la renovación de nuestro entendimiento”. El liderazgo humanista y antropocéntrico  es una de las tendencias que siempre ha querido moldear a los seguidores de Jesús.

Pero Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:25-28).

El modelo de liderazgo según Jesucristo es servir a los seguidores, no enseñorearse de ellos. Cuando un político o gobernante desarrolla algún proyecto o programa para la gente que gobierna, no lo hace por generosidad, sino porque es su deber. Si lo financiara de su bolsillo o de su sueldo, sí podría ser generosidad, pero si lo hace conforme a lo presupuestado y de los fondos recaudados de los impuestos, sólo es administración de los recursos de la nación. Nada extraordinario está haciendo. Para eso buscó ser elegido y para eso se le eligió. Es un servidor público, no un “dios” que deba ser adorado. No olvidemos esto. Recordemos la enseñanza de la Palabra de Dios para no caer en una adoración como la que fue dada a los emperadores romanos, a Adolfo Hitler y a Hugo Chávez, por citar algunos ejemplos, y a varios expresidentes de México.

El apóstol Pablo nos comparte lo siguiente en Filipenses 2:5-11: “Tengan la misma manera de pensar que tuvo Jesucristo: Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, no insistió en esa igualdad. Al contrario, renunció a esa igualdad, y se hizo igual a nosotros, haciéndose esclavo de todos. Como hombre, se humilló a sí mismo y obedeció a Dios hasta la muerte: ¡murió clavado en una cruz!  Por eso Dios le otorgó el más alto privilegio, y le dio el más importante de todos los nombres,  para que ante él se arrodillen todos los que están en el cielo, y los que están en la tierra, y los que están debajo de la tierra; para que todos reconozcan que Jesucristo es el Señor y den gloria a Dios el Padre”.
Antes de su exaltación Jesús experimentó la humillación más grande que alguien haya sufrido o sufrirá en este mundo. Siendo Dios, se hizo hombre. Descendió siete escalones, por eso recibió del Padre el más alto privilegio y el nombre que es sobre todo nombre. Su camino fue hacia abajo, no hacia arriba. El Verbo se hizo carne, y vimos su gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

El verdadero Dios se hizo hombre para que los hombres pecadores pudiéramos y podamos conocer a Dios. ¡Qué ironía que simples hombres, quienes debieran servir al pueblo, quieran recibir trato, privilegios y adoración como si fueran dioses!

Floriano Ramos Esponda
   






[i] Hace años, mientras estudiaba el bachillerato en Guadalajara, un estudiante extranjero preguntó a quienes comíamos en la misma mesa cuál era el verbo que describía la acción de pasar la lengua por un plato. Yo contesté “lamber”, y una señorita presente me corrigió y dijo “no, no es lamber, sino lamer”. Confieso que apenado reconocí que estaba yo equivocado. Hace poco tiempo vi en Facebook una imagen con dos fotografías: 1) una en la cual se ve a un perro lamiendo un plato y tiene escrito el verbo “lamer”, 2) otra con una persona besando las botas de otro y dice “lamber” = acción efectuada por un lambiscón a otra persona con el fin de ganarse su favor.

martes, 20 de enero de 2015

ORLANDO ENRIQUE COSTAS
(El hombre que se convirtió tres veces)

Floriano Ramos Esponda
Teología en América Latina
SETECA
1997

Lo único que puede hacerse de Orlando Costas en la actualidad, es leerlo y aprender de él.  Por la voluntad y el designio divino su peregrinar por este mundo fue relativamente corto: sólo vivió 45 años.  Sin embargo, su vida fue un constante derramamiento de bendiciones para quienes tuvieron la dicha de conocerlo, y aún para quienes tenemos la bendición de leerlo.

Como incipiente teólogo que soy, y debido a mi contexto latinoamericano, he sido grandemente bendecido, pero más que todo desafiado por la vida y ministerio de este teólogo, misionólogo y predicador puertorriqueño.

Como no puede separarse la obra de alguien de su persona, primero veremos algunos datos biográficos de Orlando E. Costas, y luego su obra, pensamiento y legado.

Datos biográficos

Orlando Enrique Costas vio la luz en Ponce, Puerto Rico el 15 de junio de 1942, siendo el primero y único hijo varón de una familia piadosa de cinco hijos.  Habiendo recibido de sus padres una sana educación cristiana y un sólido ejemplo moral, fue presentado a los 40 días y bautizado en la Primera Iglesia Metodista de su ciudad natal.

A los doce años sigue a su padre como inmigrante a los Estados Unidos.  Por motivos de trabajo, su padre se instala en Chicago, mientras él tiene que radicar con unos tíos en Bronx, Nueva York.  La experiencia intercultural y el ambiente interétnico conflictivo, produjeron un choque psico-cultural que dejaría cicatrices permanentes en su vida.

Sus padres se establecieron en Bridgeport, Connecticut, donde él los alcanzó en 1954.  Allí estudió junto a sus hermanas, pero también desarrolló un fuerte sentimiento de vergüenza, desprecio y odio hacia todo lo que representaba ser hispano.  Su conducta rayó en lo que los sociólogos norteamericanos llaman “delincuencia juvenil”.  Desde el inicio, y paralelamente a lo anterior, su familia empezó a reunirse en la Misión Evangélica Hispana.  Sin embargo, el tiempo comprendido entre los doce y los quince años de edad, vio cómo la conducta del joven Orlando se iba volviendo más y más rebelde.

Los demás datos de su vida, como estudios, ministerio y pensamiento, se tocarán en la medida que veamos cada una de sus tres conversiones.

Tres conversiones

Su primera conversión fue a Cristo, cuando lo recibió como su Salvador.  Esto ocurrió en junio de 1957, al asistir a una Cruzada de Billy Graham en el Madison Square Garden de Nueva York.  Allí comenzó su largo peregrinaje espiritual y su itinerario teológico.  Desde entonces tuvo una pasión por entender el significado de la fe, su fundamento, meta y misión, así como la manera más concreta y eficaz de explorarla en su situación vital.  En esa experiencia del Madison Square Garden tuvo que reconocer que la fe no es una herencia familiar recibida de los padres, ni mucho menos un cúmulo de datos acerca de Jesús aprendido en la Escuela Dominical.

Su segunda conversión fue cultural, y producida por su experiencia en Yauco.  Allí entró en el camino de la liberación social y cultural.  Habiendo estudiado en la Academia Bob Jones, fue confrontado con una subcultura anglosajona racista y triunfalista.  Debido al fundamentalismo de tal institución, se hizo enemigo tanto de los liberales como de los neoevangélicos.  Toda esa configuración cultural lo llevó a que se preguntara si había lugar para un hispanoamericano en ese mundo. 

Estudiando en esa academia descubrió a la América Latina a través del roce con estudiantes latinoamericanos de esa institución.  Aquella experiencia despertó en él un amor apasionado por las tierras al sur del Río Bravo y permitió el redescubrimiento de su identidad latinoamericana escondida.  También sus estudios le dieron una gran pasión evangelística por el pueblo hispanoamericano y un profundo interés por la predicación expositiva.

Habiéndose casado con Rosie Feliciano, viajaron a Puerto Rico a celebrar campañas evangelísticas, y allí sintió la necesidad de tener un vínculo eclesiástico más grande que el que tenía.  Entró a trabajar con la Convención Bautista de Puerto Rico, pastoreando la Iglesia Bautista de Yauco, a la vez que estudiaba historia y política latinoamericana en una universidad de aquel país.  Fue allí donde comenzó a cuestionar la hegemonía política de los EE. UU. en América Latina y a hacer una ruptura consciente con la cultura anglosajona.  Llegó al reconocimiento de que tanto su país como el resto de América Latina habían sido víctimas de la opresión política y la explotación económica de los EE. UU.  Sobre todo, llegó a concluir que no era culturalmente un anglonorteamericano, ni jamás podría serlo, ni quería intentarlo, ya que él tenía una herencia cultural muy rica que aceptó con orgullo y satisfacción.

Su ministerio en Milwaukee lo llevó a experimentar su tercera conversión, la cual fue de carácter sociopolítico.  Después de su estancia en la Isla de Puerto Rico, regresó a los Estados Unidos a estudiar en la Trinity Evangelical Divinity School en Deerfield, Illinois, luego en Garret Theological Seminary en Evanston y en la Winona Lake School of Theology en Indiana.  Para sostener a su familia aceptó el pastorado en la Iglesia Evangélica Bautista de Milwaukee, donde fue llamado por los representantes de la comunidad hispana a ser su delegado en la Comisión de Desarrollo Social del condado.  Allí llegó a la conclusión de que la razón por la cual la comunidad hispana no estaba recibiendo los beneficios sociales que le correspondían era su falta de organización política.  Así que se involucró en la organización política de la comunidad, ayudando a formar la Unión Latinoamericana de Derechos Civiles.

Sin embargo, su práxis política nunca suplantó su identidad pastoral y cristiana.  Antes bien, lo llevó a reflexionar críticamente sobre su ministerio y la naturaleza de la misión de la iglesia, lo que le permitió descubrir el mundo de los pobres y oprimidos como referencia fundamental del evangelio.  Allí llegó a percibir que el objeto de la misión no era la comunidad de fe, sino el mundo en su complejidad y concreción, y que una de sus principales responsabilidades pastorales era movilizar a la iglesia para una práxis liberadora integral.

Estas tres conversiones marcaron el rumbo de su vida y su ministerio tanto pastoral, docente como literario.  Su itinerario teológico es la historia de su peregrinaje espiritual.  Se ve reflejada una crisis continua de identidad y una lucha incansable por dar coherencia a la realidad de pertenecer a dos mundos prácticamente opuestos.

Producción literaria

Su producción literaria fue muy vasta, tomando en cuenta lo corta que fue su vida. Escribió quince libros: tres fueron de temas teológicos; tres de comunicación y predicación; cuatro sobre misiones, y cinco sobre la evangelización.  Contribuyó en veintisiete libros como coautor o escribiendo cierto (s) capítulo (s) del total.  Escribió setenta y ocho artículos, ponencias o reseñas en diversos órganos de publicación cristiana.

Leer a Orlando E. Costas es leer teología hecha en el camino, en permanente búsqueda de coherencia entre la fe y la vida, siempre en guardia contra las respuestas fáciles, perennemente consciente de los desafíos de la situación histórica.

Su primer libro, La Iglesia y su misión evangelizadora (Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1971) refleja claramente su honda preocupación por la misión integral de la Iglesia, que luego caracterizaría toda su obra.  Su último libro, Evangelización contextual: fundamentos teológicos y pastorales, (SEBILA, San José, 1986), no por mera coincidencia, recorre los mismos caminos que el primero.  A lo largo de los años no perdió de vista la misión evangelizadora tanto en su dimensión bíblico-teológica como en su dimensión histórico-contextual.

Durante su primer período de servicio en Costa Rica (1970-1974) en que ejerce la docencia y la decanatura en el Seminario Bíblico Latinoamericano, y funge como secretario de estudios de Evangelismo a Fondo y luego como director del Centro Evangélico Latinoamericano de Estudios Pastorales, prosigue con la producción de su fecunda pluma. 

Fruto de esa estancia son Hacia una teología de la evangelización (Editorial La Aurora, 1973), escrito junto con varios profesores del SEBILA; ¿Qué significa evangelizar hoy? (Publicaciones INDEF, San José, 1973), en el cual por primera vez se plantea preguntas procedentes de la teología de la liberación; Comunicación por medio de la predicación (Editorial Caribe, Miami, 1973), texto de homilética ampliamente usado en instituciones teológicas latinoamericanas; El protestantismo en América Latina (Publicaciones INDEF, San José, 1975), colección de cinco ensayos del camino escritos entre 1972 y 1974, los cuales destacan la búsqueda de identidad evangélica en la situación latinoamericana.

Su primer libro publicado en inglés, The Church and Its Mission: A Shattering Critique from the Third World (Tyndale House Publishers, Wheaton and Coverdale House Publishers, Londres, 1974), es una reflexión misionológica.  En esta obra, de más de 300 páginas, Costas dialoga con pensadores norteamericanos, europeos y latinoamericanos, y hace oír su voz planteando el desafío de encarar la misión desde la perspectiva del Reino de Dios.

De 1974 a 1976, mientras estudiaba su doctorado en la Universidad Libre de Amsterdam, Costas escribe su obra de mayor envergadura, a saber: Theology of the Crossroads in Contemporary Latin America (Editions Rodopi, Amsterdam, 1976).  Este es un meticuloso estudio de una “teología en la encrucijada”: la misionología del protestantismo histórico en América Latina (representado por ISAL, UNELAM, CELADEC e iglesias como la Metodista en Bolivia y la Luterana en Brasil).

En su segundo período en Costa Rica (1976-1980) funge como director del CELEP y es entonces cuando vive lo que posteriormente considerará una de las épocas más creativas de su peregrinaje teológico.  Allí escribe Compromiso y Misión (Editorial Caribe, Miami, 1979), una verdadera joya de la misionología latinoamericana escrita en lenguaje popular.

Comenzando la década de los ochenta, Costas regresa a los Estados Unidos con el ánimo de aportar al entendimiento de la misión desde la minoría hispana en ese país. Allí ocupó la docencia en el Seminario Teológico Bautista del Este en Filadelfia (1980-1985) y a la vez publicó en inglés la obra que mejor refleja ese propósito: Christ Outside the Gate: Mission Beyond Christendom (Orbis Books, Maryknoll, N.Y., 1982). En 1985 es nombrado decano y profesor del Seminario Teológico Andover-Newton, y al año siguiente publica su última obra, concluyendo así una década y media de una labor teológica sorprendentemente fructífera.

Pensamiento

Habiendo surgido de un contexto lucha en Puerto Rico y Nueva York, y de una minoría arrinconada fuera de la ciudad, llegó a escalar peldaño por peldaño hasta llegar a ser un auténtico líder de las masas oprimidas.  El había salido de su pueblo y había conquistado espacio en el mundo blanco.  Supo moverse en el mundo blanco racista y hacerse de amigos.  El supo tomar el poder y ser poder.

Antaño fue fundamentalista, pero maduró, creció y llegó a ser el auténtico hombre de Dios que dejó huella.  Él mismo dijo: “Llegué a reconocer que la misión cristiana tenía no sólo dimensiones personales, espirituales y culturales, sino también sociales, económicas y políticas”.

Su misionología fue contextualizada en gran manera.  Llegó a decir que “la nueva frontera misional está en el valle de la miseria y el sufrimiento humano”.  En Puerto Rico pudo entender que el Hijo de Dios no sólo tenía una identidad judía (Jesús de Nazareth) sino puertorriqueña y latinoamericana (el Cristo de la América morena).

En su artículo “La teología evangélica en el mundo de los dos tercios”,[1] sustenta la tesis de que “aunque los evangélicos alrededor del mundo tienen una herencia común, sus expresiones teológicas no son de ningún modo homogéneas”.  “No se puede negar -sigue diciendo- la fuerte influencia y las presiones ejercidas por el ‘evangelicalismo’ euroamericano por medio del movimiento misionero, la literatura, los medios de comunicación social y las instituciones teológicas.  A pesar de esta realidad, parece que en el Mundo de los Dos Tercios se está desarrollando una teología que responde a preguntas generalmente ignoradas por los teólogos oficiales evangélicos en Euroamérica, emplea una metodología diferente y llega a conclusiones diferentes”. 

            El énfasis en el contenido del evangelio y la enseñanza del texto bíblico más que en cuestiones formales de autoridad y los presupuestos filosóficos que están por detrás de una doctrina de inspiración particular está liberando a la teología evangélica en el Mundo de los Dos Tercios para emplear una hermenéutica contextual que toma como modelo el método de transposición usado a lo largo de todo el Nuevo Testamento.  Esto también explica por qué los evangélicos en el Mundo de los Dos Tercios están más dispuestos que la mayoría de los teólogos del Mundo del Un Tercio a luchar con problemas de pluralismo religioso y opresión social, económica y política.[2]

Costas termina este artículo con un pensamiento que bien podría aplicarse no sólo a la teología, sino también a la manera en que él veía la predicación evangélica, cuando dice. 

            Sin embargo, sostengo que la prueba final de cualquier discurso teológico no es su precisión académica sino su poder transformador.  La cuestión es si la teología puede o no articular la fe de tal modo que no sea sólo sólida intelectualmente sino también capaz de comunicar la energía espiritual necesaria para lograr que el pueblo de Dios sea transformado en su camino a la vida y se comprometa con la misión de Dios en el mundo.  Como el apóstol Pablo recordó a la iglesia de Corinto hace muchos años, “el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder (1 Co. 4:20).

En un Mundo como el de los Dos Tercios, donde el pentecostalismo es la parte más dominante dentro del evangelicalismo latinoamericano, Costas dice lo siguiente respecto a la vida en el Espíritu, lo cual es más profundo que un simple emocionalismo superficial y epidérmico.  Él divide la vida en el Espíritu en tres dimensiones: discipulado, diálogo y discernimiento.[3]

            Vivir en el Espíritu de Cristo en el Mundo de los Dos Tercios hoy en día significa correr el riesgo de ser perseguido, vejado y asesinado.  Ya sea en países como Nepal, donde ser un creyente confesante lleva a no ser considerado como persona, a no tener identidad reconocida ni derecho alguno; o en Corea del Sur, Africa del Sur o América del Sur, donde los líderes cristianos que se han identificado con el sufrimiento de los miles de personas a quienes se les niegan sus derechos humanos básicos, han pagado esa actitud con el encarcelamiento, el exilio o simplemente la muerte.  El discipulado en esas tierras es una empresa difícil, riesgosa y de gran costo.

            La vida en el Espíritu no es sólo un seguimiento costoso sino también un caminar con actitud de apertura hacia los demás.  Los creyentes han sido liberados para vivir para otros.  Esto significa vivir como parte de la comunidad humana compartiendo sus luchas, temores y anhelos.  En una gran medida implica estar abierto al diálogo con gente de otras tradiciones religiosas.

            Sin embargo, la vida en el Espíritu no sólo involucra un caminar en actitud de apertura y diálogo con gente de buena voluntad de otras tradiciones religiosas en cualquier parte, sino que también requiere discernimiento espiritual.  En el contexto del diálogo interreligioso esto significa, por lo menos, que debemos evaluar todas las verdades religiosas a la luz de la revelación que hemos recibido en Cristo.

Por último, en lo que respecta a su pensamiento, diremos que su evangelio no era sectario, ni provinciano, sino del Reino de Dios.  Sobre esto escribió.

            Si hubo alguna vez un período de la historia y un espacio planetario en que el compañerismo fue especialmente necesario se trata seguramente de nuestro tiempo y lugar.  Vivimos en una época en que la Iglesia cristiana se ha convertido en un microcosmos del mundo, una realidad multicultural compleja con un potencial enorme para la misión redentora del Reino de Dios y, sin embargo, parece que somos incapaces de aprovechar esos recursos.
            No se permiten emprendedores individualistas en la obra del reino.  El reino pertenece a Dios y Dios es el trabajador por excelencia.  Cualquiera que desee hacer una contribución al trabajo del reino debe hacerlo como compañero de Dios.
            La crisis de la Iglesia contemporánea puede explicarse como una crisis de aislamiento e individualismo.  Nos hemos convertido en una Iglesia de aventureros solitarios y emprendedores individualistas donde cada uno hace lo suyo.  Hemos perdido de vista el hecho de que el trabajo no es nuestro en manera alguna, sino de Dios.
            El éxito en una sociedad de consumo significa muy poco, porque se evapora tan pronto como surge.  Sólo el trabajo que se hace como compañeros de Dios tiene la posibilidad de permanencia y continuidad.[4]


Legado

Fue un personaje tan singular que las personas que lo trataron y ministraron junto a él, afectados positivamente por su persona y obra, opinan de él lo siguiente.  Plutarco Bonilla dice:
            “El nombre de Orlando Costas siempre estuvo ligado a la predicación y a la evangelización.  Era un gran contador de chistes.  Su calidad humana era excepcional.  Amó la vida y la vivió con pasión.”  Vehemente en sus convicciones, intransigente ante cualquier atentado contra la integridad del evangelio. De gran capacidad para infundir ánimo a otros.  De gran sensibilidad pastoral.  Fue insaciable en sus anhelos de superación y perfeccionamiento.  Su evangelio no era sectario ni provinciano; su evangelio era el de Jesucristo y del Reino de Dios.  Bonilla resume la personalidad de Costas como: “Un hombre polémico, pensador insigne, misionólogo destacado, escritor incansable, conferencista buscado, evangelista de corazón, esposo amoroso y padre ejemplar”.[5]

Guillermo Cook opina:
            Costas fue un elocuente evangelista, tenor excepcional, excelente pianista.  Fue un activista incansable que motivó a su congregación en Wisconsin a un programa integral de evangelización en la que la acción social y la defensa de los derechos de los negros e hispanos ocupaban un lugar importante.  Fue un teólogo que predicaba y un predicador que teologizaba.[6]

George Peck añade: “Era visionario, administrador, educador, profesor.  Tuvo una legendaria de relación con las iglesias alrededor del mundo”.[7]  Rolando Gutiérrez Cortés lo definió como una “amistad entrañable y diáfana, siempre generosa y dispuesta a ofrecerse en favor de los otros”.[8]  Costas sentía al mundo su parroquia, y con coraje indómito luchaba con sentimiento febril porque la mujer fuera tomada en cuenta en las labores del reino.[9]
El mayor legado de Orlando Costas, sin duda, fue su labor enfocada en las poblaciones de latinoamericanos radicados en los Estados Unidos o nacidos allí.  Acerca de esto Luis Cortés comenta.

            Orlando Costas tenía una gran preocupación pastoral por la segunda y la tercera generaciones latinoamericanas en los Estados Unidos.  En Puerto Rico vivió en una situación neocolonial; en Milwakee tuvo que encarar el racismo norteamericano; en Costa Rica, donde trabajó como misionero, tuvo que aprender lo que significa ser extranjero.  Las tres experiencias lo prepararon para su pastoral al pueblo latinoamericano en los Estados Unidos.

            En los últimos años Orlando dedicó mucho tiempo a forjar “una nueva pastoral para una nueva generación”.  Ingresó al Seminario Teológico Bautista del Este en Filadelfia, para evangelizar, discipular y desarrollar a generaciones que están en la periferia de la realidad histórica de dos culturas, la latina y la anglo-norteamericana.

            Orlando llegó posteriormente al Seminario Teológico Andover-Newton, en Masachusets.  Su visión allí era formar jóvenes hispanos capaces de producir una teología que interprete el evangelio para las nuevas generaciones evangélicas y desafíe a las estructuras denominacionales que controlan mucho del trabajo pastoral de los Estados Unidos.[10]

Muerte

Aún en su muerte Orlando Costas fue un modelo para quienes lo conocieron y para quienes lo hemos leído.  El diagnóstico de cáncer le fue comunicado estando él en Jerusalén por causa de un año sabático dentro de sus labores ministeriales.

En abril del mismo año de su muerte fue notificado de la fatal enfermedad.  Sin embargo, enfrentó ésta como otro proyecto de la vida.  Como león, determinado, enfrentó la enfermedad y luchó por vivir.  Su anhelo de toda la vida era ser orador en las conferencias de la Convención de Iglesias Bautistas Americanas, y su sueño se vio realizado cuando en la última Asamblea Bienal Bautista de tal Convención fue el orador inaugural.

“El mensaje de la cruz” (la vida y esperanza que se alcanzan por medio del sufrimiento y la muerte), fue el libro que escribió estando consciente de que su propia muerte era un hecho.  En él resume su pensamiento, su motivación y su misión.

Orlando Costas hizo este comentario varias veces: “Una cosa es hablar de la muerte, y otra muy diferente enfrentarla como una realidad”Estando en su lecho de enfermo, Orlando Costas recibió de su amigo Rolando Gutiérrez Cortés el siguiente poema.

LA CALMA
Dame, Señor, pureza en cada pensamiento
y convierte mi mente en fuente de bondad.
Tu verdad sea mi cielo.  Tu Espíritu, mi aliento.
Tu palabra, nutriente de mi necesidad.

Tu santidad sea savia de mi naturaleza
y sea tu mansedumbre mi espíritu de luz.
Vence mi torpe trato y tu delicadeza
puede vencer mi orgullo postrado ante tu cruz.

Concédeme victoria sobre mi angustia insana.
Dame la paz bendita que todos puedan ver.
Que la fuente de vida que de tu herida mana
me dé el mirar la gloria de un nuevo amanecer.

Con tu clemencia auxiliar mi paso vacilante
cuando infirme vacile a mi hermano sostener.
Mantén mi vista clara con tu visión radiante
y fiel hasta la muerte, leal te pueda ser.

Y Orlando Costas lo hizo.  Fue fiel a su Señor hasta la muerte.  Partió a las mansiones celestiales el 5 de noviembre de 1987, pasando sus últimos días en compañía de su esposa Rosie y de su íntimo y fiel amigo hasta la muerte Henry Brooks.  Finalmente, fue sepultado en el Cementerio de Milford en Connecticut, ante más de trescientas personas congregadas allí.


Conclusión

Cuando se escriba la historia de la misionología evangélica latinoamericana, si algún día se escribe, dice R. Padilla, el nombre de Orlando E. Costas ocupará el lugar más prominente, por lo menos en lo que atañe a los años que van desde 1971 hasta 1987.[11] Con su fallecimiento, el día 5 de noviembre de 1987, la misionología contemporánea perdió uno de sus grandes valores.

Su vida fue como una estrella fugaz en el firmamento de la iglesia evangélica latinoamericana y de los hispanos residentes en el gigante del norte, los Estados Unidos.  Pero su paso dejó una estela que aún hoy, a diez años de su muerte, sigue siendo eficaz y pertinente.

El ministerio de Orlando Costas fue de bendición a miles de personas pero especialmente a un pueblo que no tenía cohesión (y probablemente aún no la tiene) y que existe al margen de la sociedad en el país más poderoso del mundo.  Ese pueblo da gracias a Dios por el siervo que no se olvidó de sus hijos.

Digno ejemplo de imitar es el de Orlando E. Costas.  Los líderes del cristianismo evangélico de hoy debemos estar completamente comprometidos con el Señor y su Reino, antes que a la denominación, pero también con la gente a la cual ministramos. Dicha gente está compuesta no solamente por los de nuestra iglesia local, sino también los de nuestro país y los de América Latina, y en última instancia los de países en desarrollo, o como lo diría Orlando E. Costas, los originarios de países del “Mundo de los Dos Tercios”.

Coincido con Sergio Franco, cuando dice “si la vida no se mide por longitud sino por su propósito, la de Orlando E. Costas fue plena”.[12]




[1]Olando E. Costas,La teología evangélica en el mundo de los dos tercios, Boletín Teológico, Fraternidad Teológica Latinoamericana, No. 28, Año 19, Diciembre de 1987. Págs. 201, 202, 213.
[2]Ibid.
[3]Orlando E. Costas, La vida en el Espíritu, Boletín Teológico, Fraternidad Teológica Latinoamericana, Año 18, No. 21, 22, Junio de 1986.  Págs. 7-24.
[4]Orlando E. Costas, Crezcamos en el Espíritu, Boletín Teológico, Fraternidad Teológica Latinoamericana, No. 28, Año 19, Diciembre 1987.  Págs. 219-229.
[5]Plutarco Bonilla, ¡Adios, amigo y compañero!, Pastoralia, Año 10, Nm. 20 y 21.  Julio-Diciembre, 1988.  Págs. 4-8.
[6]Guillermo Cook, Orlando Costas: recuerdo de una hermosa amistad, Pastoralia, Año 10, Nm. 20 y 21.  Julio-Diciembre, 1988. Págs.  20-26.
[7]George Peck,  Orlando Costas: en memoria y gratitud,  Pastoralia, Año 10, Nm. 20 y 21.  Julio-Diciembre, 1988.  Págs. 27-31.
[8]Rolando Gutiérrez Cortés, Tributos a Orlando E. Costas, Boletín Teológico de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, No. 28, Año 19, Diciembre de 1987.  Pág. 231.
[9]Ibid.
[10]Luis Costés, Tributos a Orlando E. Costas, Op. cit. Pág. 233. 234.
[11]C. René Padilla, El legado de Orlando E. Costas, Editorial de Misión, Marzo de 1988, Vol. 7, No. 1. Pág. 5.
[12]Sergio Franco, Tributos a Orlando Costas, Boletín Teológico, Fraternidad Teológica Latinoamericana, No. 28, Año 19, Diciembre 1987. Pág. 237.